Según un reporte publicado hoy por The Atlantic, la administración del presidente Trump ha ordenado la destrucción de casi 500 toneladas métricas de raciones alimenticias de emergencia (galletas de alto valor energético), adquiridas por USAID por un valor aproximado de USD 800 000.
Estas raciones, capaces de alimentar a cerca de 1,5 millones de niños durante una semana en países como Afganistán y Pakistán, se encuentran almacenadas en Dubái y están a punto de vencer, tras lo cual la administración ha decidido incinerarlas, con un costo adicional para los contribuyentes estadounidenses de unos USD 130 000.
Esta medida se enmarca en una restructuración radical del sistema de ayuda exterior, que incluyó un decreto en enero y la absorción de USAID por parte del Departamento de Estado —bajo la nueva entidad DOGE— lo que ha causado serios cuellos de botella burocráticos y la paralización de la distribución humanitaria.
A pesar de promesas oficiales —incluidas las del secretario de Estado Marco Rubio en mayo— de que las raciones serían distribuidas antes de caducar, los procedimientos de aprobación no se activaron y los pedidos de envío quedaron sin respuesta.
Impacto humanitario y contexto
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Esta pérdida representa solo una fracción de los 60 000 toneladas de alimentos de emergencia estancadas en depósitos en Djibouti, Sudáfrica, Dubái y Houston debido a los recortes del programa de ayuda.
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Según expertos, el retraso en la distribución podría causar millones de muertes evitables por desnutrición —se estima que hasta 58 millones de personas enfrentan inseguridad alimentaria severa a nivel mundial.
Este hecho evidencia una crisis profunda en la infraestructura estadounidense de ayuda exterior, con consecuencias directas para los países más vulnerables. La acumulación de alimentos caducos refleja no solo una enorme pérdida financiera, sino también una falla moral y ética en momentos de emergencia global.

